¿Eso son los cohetes?

Es domingo por la mañana, pero no estamos precisamente descansando. Muchos de nuestros amigos, esos mismos con los que estuvimos quizá cenando anoche, amanecerán hoy a las tantas, remoloneando durante un buen rato antes de decidirse a salir de entre las sábanas, pero nosotros en cambio hemos madrugado como si fuera entre semana. Para algunos es incluso peor, como mi compañero Guille, que trabaja de noche y viene directamente sin haberse concedido ni siquiera una cabezada. Hay que tener ganas, ¿verdad? Y sin embargo se escuchan muchas más risas que bostezos: a ninguno nos obligan a estar aquí en Cuatro Vientos, empujando aviones, revisando niveles, colocando vallas y carpas, asistiendo a un tempranero briefing, consultando las predicciones meteorológicas, vendiendo entradas. Se puede decir, y decir bien, que todos lo hacemos por amor al arte. El más joven apenas habrá cumplido los dieciocho, los más mayores llevan lustros peinando canas. Muchos son profesionales de la aeronáutica, otros simplemente aficionados. Hay comandantes de líneas aéreas y mecánicos de escuadrones militares, pero también taxistas, administrativos, profesores, ingenieros, policías y estudiantes, entre muchas otras profesiones. Algunos se ganan la vida volando, otros vuelan cuando pueden con lo que ganan haciendo otras cosas, ahorrando un euro aquí y otro allá para poder permitirse otra hora más de vuelo en una Piper PA-28, ¿qué podría haber mejor que eso? Hay quien vuela sin motor, o puede que en parapente, alguno fabrica aeromodelos y el que más y el que menos tiene la casa abarrotada ya de maquetas y de libros relacionados con la aeronáutica. Al final, por distintos caminos, todos venimos a coincidir aquí, unidos por esta pasión que nos hace semejantes, dispuestos a compartirla una vez más con un par de miles de visitantes.

Entre ellos, los hay que son “de los nuestros”, esos que no se pierden prácticamente ninguna exhibición y aparecen con sus cámaras dispuestos a sacar, otra vez, la mejor instantánea posible del Boeing Stearman o de la de Havilland Moth. Muchos otros, sin embargo, es la primera ocasión en que vienen. Alguien se lo ha comentado, o lo han visto fugazmente en un telediario o quizá en las redes sociales. Acuden familias enteras que miran con curiosidad estas veteranas aeronaves sin comprender del todo aquello que están contemplando, o el esfuerzo que cuesta mantenerlas todavía en vuelo. Poco a poco lo irán descubriendo.

-¿Eso son los cohetes?- me pregunta un chaval de siete u ocho años. Sigo con la mirada la dirección en la que apunta su índice y no veo cohetes ni nada que se le parezca. Está señalando hacia el Dragon Rapide.

-¡Eso negro que le sale por los lados, por ahí debajo!-, me insiste.

-¡Ah, eso! Son los tubos de escape de los motores-. Yo sonrío divertido y él se parte de risa al escuchar mi respuesta, sabe lo que es un tubo de escape pero nunca había visto uno tan aparatoso, y además quién se iba a imaginar que los aviones antiguos tuvieran tantos. Sus padres preguntan a dónde iban estos aparatos en su día, les explico que durante años unieron la Península con las ciudades del norte de África. A otros les cuento que la británica Amy Johnson y su marido, Jim Mollison, cruzaron una vez el Atlántico en un avión muy parecido, y que acabaron el viaje de forma bastante aparatosa pero sin consecuencias demasiado graves. ¡Hay tantas anécdotas!

Un señor mayor se acerca y me confía que en su día estuvo en las milicias universitarias, y que voló en unas Bücker como las que se ven un poco más allá, a su espalda. Al rememorar aquello los ojos le brillan y se le ensancha la sonrisa. Una mujer me pregunta por las Brujas de la Noche y siento no encontrar hoy en el corralito al Polikarpov PO-2, pero aun así le resumo un poco la historia de aquellas aviadoras legendarias de las que los soldados de infantería llegaron a decir “aunque pusiésemos a vuestros pies todas las flores del mundo no serían tributo suficiente a vuestro valor”. Para cuando termino ya se ha formado un pequeño corrillo. Unos visitantes quieren saber algo de “ese rojo” que está aparcado al lado, y así me doy el gustazo de hablarles de aquel otro British Eagle, bautizado como “Santander”, con el que un joven llamado Juan Ignacio Pombo decidió cruzar el Atlántico en busca de la gloria… y de su novia mejicana. Nunca me canso de contar estas cosas, la recompensa son siempre unas “¡gracias!” y, sobre todo, el presenciar cómo en las miradas de estas personas nace un nuevo respeto cuando vuelven a dirigirlas hacia ese aparato que, momentos antes, era tan sólo un avión antiguo.

Detrás de mí el piloto del Dragon se encuentra ya en la cabina, mientras por el “pinganillo” escucho que ha terminado la visita guiada. Por megafonía avisan de que en unos minutos van a arrancar los motores y el público comienza a dirigirse hacia el otro lado de las vallas, mientras mecánicos y voluntarios tomamos posiciones. Ya está, ya va a empezar, una vez más va a suceder este pequeño milagro que nos ha hecho madrugar y que sea verdad aquel refrán de que “sarna a gusto no pica”. Uno tras otro van poniéndose en marcha los aviones y el estruendo va “in crescendo”, esa sinfonía mágica tan del gusto de cuantos llevamos la Aviación metida en la sangre. Una mano me saluda efusiva entre el gentío, es el niño que preguntaba por los “cohetes” del Dragon. Qué bien se lo está pasando, y qué alegría más grande, qué satisfacción más profunda, el comprobar que es así.

Es domingo por la mañana y no, no estamos precisamente descansando, pero tampoco nos dan envidia esos amigos que seguramente estén tomando el aperitivo a renglón seguido del desayuno. Ninguno de nosotros querría estar ahora en ningún otro lugar del mundo.

Texto y vídeo: Darío Pozo Hernández

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