Los Lindbergh y el regalo de Ethel

Llevaba tiempo detrás de este libro, pero no estaba editado en España y tampoco me había sido posible, hasta ahora, conseguirlo en inglés. Finalmente di con una librería en Richmond, Texas, que tenía un ejemplar de segunda mano y estaban dispuestos a enviarlo a España. Un mes tardó en hacer el viaje hasta la oficina de Correos de mi barrio, pero por fin lo tenía en mi poder. No pude esperar ni a llegar al coche, por el camino fui retirando con cuidado el envoltorio, capa a capa –me costó lo suyo, ¡venía bien protegido!-, hasta poder contemplar el resultado de mi compra. Se trataba de un ejemplar antiguo, con pastas de tela de color rojo algo desvaído, al que le faltaba la cubierta de papel que seguramente tuvo en su día. La portada era completamente lisa salvo por una pequeña imagen, grabada en dorado, de un pequeño hidroavión que me resultaba más que familiar. Sobre el lomo, con alguna dificultad, podían leerse también en dorado el título y el nombre de la autora: “Listen! The Wind”, de Anne Morrow Lindbergh.

Anne Morrow, hija del embajador estadounidense en Méjico, joven cultivada y de grandes inquietudes artísticas, se había casado con el aviador más famoso del mundo en mayo de 1929. Fue él quien la enseñó a volar en ese mismo año, descubriéndole lo que se siente al surcar los cielos en una aeronave con la cabina abierta, fundida con el viento, integrada en la naturaleza gracias a una tecnología que apenas había alcanzado aún  la mayoría de edad. Tanto debió gustarle la experiencia que poco después se convirtió en la primera estadounidense en conseguir una licencia de vuelo sin motor de primera clase, que añadió a la que ya tenía para aviones con motor. Anne aprendió también a manejar la radio y a comunicarse eficientemente en código Morse, lo que le permitió acompañar a su marido en dos de sus travesías históricas -ambiciosos vuelos de prospección para futuras rutas comerciales-, y hacerlo no como simple pasajera, sino como copiloto y operadora de radio. El primero de esos viajes tuvo lugar en 1931 y les llevó desde Estados Unidos hasta China a través del Ártico, y Anne lo narró con notable maestría en su libro “West to the Orient”, que vio finalmente la luz en 1935. Es probable que el poner en palabras aquella peripecia le sirviera como terapia, algo en lo que ocupar la mente mientras cicatrizaba la tremenda herida que debió suponer la pérdida de su primogénito, Charles Lindbergh Jr., raptado y asesinado en 1932, pero también consiguió revelarle al mundo y a sí misma el talento que tenía como escritora. Ese primer libro suyo sí que lo tenía en mi biblioteca, pero no así el segundo, “Listen! The Wind”, publicado en 1938 con gran éxito, en el que contaba parte del segundo gran viaje del matrimonio, de nuevo a bordo de su fiel hidroavión Lockheed Sirious, en el que cruzaron el Atlántico en ambos sentidos y recorrieron varios países de Europa, África y Sudamérica, incluyendo escalas inesperadas en Santoña, Tuy y Gran Canaria -como se contaba en el artículo “El águila solitaria”, publicado en FIO Digest en 2014- y otra más en Villa Cisneros, en lo que entonces era el Sáhara español.

Después de haber disfrutado en su momento de la lectura de “West to the Orient” –concretamente una reedición de 1966- estaba deseando ponerme con “Listen! The Wind”, y de ahí mis prisas por abrirlo. Como decía más arriba, lo que tenía en mis manos era un libro de aspecto poco lustroso, que probablemente no hubiese llamado mi atención de habérmelo encontrado, por ejemplo, en cualquiera de los puestos de la madrileña calle Claudio Moyano, rodeado de otros volúmenes olvidados y apilados dentro de un cajón. Al abrirlo confirmé mis sospechas al respecto de su antigüedad: formaba parte de la tercera edición, publicada en octubre de 1938. Tenía las páginas ligeramente amarillentas y algo renegridas por el borde superior -el más expuesto al polvo-, y sin embargo en buen estado teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde que salió de la imprenta. Se notaba que había sido tratado con cariño. De pie a la sombra de un árbol –no tenía prisa por meterme en el coche, recalentado bajo el inmisericorde sol de julio-, leí con placer el prefacio escrito por el propio Charles Lindbergh, en el que me encontré con un párrafo que bien podría explicar la pasión que subyace tras nuestro trabajo en la FIO, la razón de que nos empeñemos en preservar nuestra historia aeronáutica.

“Este libro trata de un periodo de la Aviación que es parte ya del pasado, pero que es probablemente más interesante que ninguno de los que vendrán en el futuro. A medida que pasa el tiempo, la perfección de la maquinaria tiende a aislar al ser humano de los elementos en los que vive. Los aviones estratosféricos del futuro cruzarán el océano sin sentir en modo alguno las aguas que sobrevuelan. Como un tren que cruza la montaña por un túnel, estarán separados tanto de los problemas como de la belleza de la superficie de la tierra. Sólo la vibración de los motores otorgará al pasajero alguna sensación de que se mueve por el aire. El viento, el calor y los despegues a la luz de la luna no le supondrán preocupación alguna. Su único contacto con ellos serán relatos como el que este libro contiene”.

Estas palabras de Lindbergh me parecieron razón suficiente como para considerar este humilde volumen como un pequeño tesoro, pero la mayor sorpresa, no obstante, me aguardaba en la primera página, pegada a la cubierta, en la que no había reparado todavía. Sobre ella se había impreso un mapamundi con el recorrido seguido por los Lindbergh, trazado también por el inmortal piloto. En la esquina superior derecha, escrita a mano en letra pequeñita -seguramente para no estropear el mapa-, pero tan pulcra que era aún perfectamente legible, se encontraba esta sencilla  dedicatoria:

“To Ethel, from Mother and Dad.

Christmas 1938”

A lo mejor es que soy un tipo hipersensible, pero lo cierto es que llegué a emocionarme al descubrirla. No parece éste el libro más adecuado, reflexioné, para regalárselo a una niña pequeña, así que Ethel debía ser una adolescente, 14 ó 15 años al menos. Ignoro si había o no más regalos bajo el árbol, si sus padres eran más o menos pudientes o a qué se dedicaban. El hecho es que habían elegido obsequiar a su hija con la obra de una aviadora, un libro sobre viajes y sobre el vuelo en sí, con sus maravillas y sus considerables peligros –sobre todo en aquellos tiempos, en ese tipo de travesías-, sobre tierras exóticas y lejanas culturas, sobre aventuras inalcanzables para la mayoría de los mortales, pero quizá no para una joven fascinada por la aviación, soñando con seguir ella misma los pasos de la mujer que había escrito ese libro y de otras como ella. Unos padres que regalan un libro así a una hija en 1938 no parecen el tipo de progenitores que, en esa época, querrían para ella lo que casi todos, que encontrase un buen marido, formase una familia y se convirtiese en ama de casa ejemplar. Esos padres estaban alimentando un sueño muy, muy potente, precioso sin duda, pero que implicaba un recorrido lleno de obstáculos y dificultades –especialmente para una mujer- y desde luego no pocos riesgos. ¿Cuánto debían querer a Ethel sus padres para dejar aparte sus miedos y animarla a seguir con esa pasión? Todo esto, de lo que por supuesto no tengo certeza alguna y puede no ser más que mi imaginación, es lo que se me pasó por la cabeza en esos momentos, causándome una profunda impresión y haciendo que abordara después la lectura del libro con mayor respeto si cabe, consciente de que esas mismas páginas que pasaba entre mis dedos las había leído la joven Ethel hacía casi 80 años. Es por esto que sentí de algún modo su presencia acompañándome mientras, como hiciera ella mucho antes que yo, contemplaba por primera vez las costas de la isla de Santiago, en Cabo Verde, con los ojos de Anne Morrow Lindbergh.

Charles y Anne Lindbergh junto a su Lockheed Sirious “Tingmissartoq”, fabricado en 1930 según sus especificaciones.  (Foto Smithsonian National Air and Space Museum)

La narración comienza en la cabina del Tingmissartoq, una palabra esquimal que significa “aquel que vuela como un gran pájaro”, que es como los Lindbergh bautizaron a su hidroavión Lockheed Sirius a su paso por Groenlandia, al escuchar a los nativos llamarlo así. Las olas golpean con fuerza los rocosos litorales de Santiago, no consiguen divisar ninguna bahía lo suficientemente protegida y se enfrentan por tanto a un peligroso amerizaje. Charles, sin embargo, no es un piloto cualquiera, y tras sobrevolar el océano a escasos metros de altura, haciendo un par de amagos de toma en los que llega a tocar el agua con los flotadores del Sirious para volver a elevarse después, termina posándolo con éxito en la zona sur, frente a la playa desde la que durante un tiempo operó una compañía aérea francesa cuyas instalaciones se encuentran ahora casi abandonadas. El viento, que da título a la obra, sacude constantemente a la isla y a sus habitantes, omnipresente en sus noches y en sus días, manteniendo la mar siempre encrespada y complicando sobremanera el que los Lindbergh puedan volver a despegar. Mientras se plantean alternativas y deciden cómo abordar la siguiente fase del viaje, el matrimonio contará con la hospitalidad del “jefe” de la base francesa, antiguo operador de su estación de radio, y de su jovencísima esposa, que parecen náufragos no del todo resignados a su destino. La mirada de Anne, que parece traspasar a las personas y descubrir su esencia con la misma facilidad con la que su marido es capaz de distinguir una escapatoria en un cielo plagado de nubes de tormenta, nos revela a estos y a otros personajes que se irán encontrando a lo largo de su periplo, junto con los cambiantes paisajes, los enormes contrastes entre los lugares que van sucesivamente visitando y la forma de vida de sus pobladores.

Como no puede ser menos, si hay un protagonista claro en esta historia aparte de su narradora -y del viento, siempre el viento-, es sin duda el Águila Solitaria. En este libro vemos a Lindbergh  tal y como era en esos primeros años tras haberse convertido en una estrella mundial, cuando aún no se había visto envuelto en la polémica por sus posiciones políticas -la trágica pérdida de su hijo un año antes le había afectado profundamente, pero él siempre trató de ocultarlo antes los demás, incluida su propia esposa-. La admiración que Anne sentía por su marido es evidente mientras lo describe abordando el complicado amerizaje con el que se inicia el relato, o cuando cuenta cómo rema mar adentro, varias veces en pocos días, para comprobar por sí mismo las condiciones del mar, de cara a intentar un despegue que promete ser aún más peliagudo de lo que fue la llegada. Anne lo presenta como un aviador consumado, que aborda cualquier problema con meticulosidad y espíritu científico, e insiste en revisar personalmente cada detalle. Nunca se desespera, jamás se da por vencido y siempre encuentra una solución inteligente para cada nuevo desafío que se le presenta. ¿Quién, si no él, podría haber superado el reto del Atlántico en solitario y antes que nadie? Lindbergh, el hombre, es también extremadamente amable y educado en el trato, capaz de obtener la colaboración de cualquiera, desde un embajador hasta el más humilde de los porteadores, pero es a la vez reservado y hasta cierto punto lejano, casi frío, aparentemente impermeable a las emociones. Alguien a quien se puede amar, pero de quien no se puede esperar total reciprocidad. Alguien que no parece del todo vivir en este mundo.

Los Lindbergh disponiéndose a realizar tareas de mantenimiento en el Tingmissartoq

Respecto a lo puramente aeronáutico tampoco habré de quedar decepcionado. Anne se recrea cuando es necesario en los detalles del mantenimiento y operación de su avión, explicando cómo cuidan a diario del entelado o achican el agua que se filtra en los flotadores, cómo buscan cualquier rastro de corrosión en el cableado o en la hélice, engrasando con esmero las zonas más expuestas a la humedad y al salitre. Los despegues y amerizajes son especialmente apasionantes. No era tarea sencilla levantar del agua un avión cargado hasta los bordes de combustible, hasta el punto de que los flotadores quedaban sumergidos casi por completo y presentaban una enorme resistencia al avance. Si había demasiado viento el peligro se disparaba, pero si no había el suficiente era imposible conseguir la sustentación necesaria para despegar. El corazón se acelera ante la vívida descripción de esos instantes en los que lo único que se oye es el bramido del motor, lo único que se ve es al agua que levantan los flotadores durante buena parte de la carrera de despegue, y lo único que se siente son los impactos con las olas que hacen temer por la integridad de aparato.

Anne Morrow Lindbergh en la cabina trasera del Tingmissartoq

Mención aparte merecen las dificultades de todo tipo con las que la pareja de aviadores se iban encontrando en cada etapa, que habrían hecho fracasar a muchos otros antes de completar semejante periplo. Para los pasajeros de hoy, e incluso para muchos profesionales de la aviación, no es fácil hacerse una idea de la hazaña que suponían vuelos como este, y hasta qué punto contribuyeron al progreso de la aeronáutica. Uno no puede dejar de admirarse al leer cómo los Lindbergh planean el arriesgado cruce del Atlántico, un auténtico rompecabezas en palabras de Anne Morrow, en el que algunas piezas pueden adaptarse hasta que encajen, como la hora de salida, el material de superviviencia, la cantidad de combustible que llevan a bordo o la potencia a emplear en crucero; otras son inmutables, como las características técnicas de su aparato y los días y las horas en las que pueden contar con luna llena –vital en el caso de que el despegue o el aterrizaje deban hacerse de noche, dado que era imposible hacer todo el vuelo de día-; y otras no cobrarán forma del todo hasta que se encuentren en pleno vuelo, como los fenómenos meteorológicos, tan difíciles de prever entonces, o el alcance efectivo de la radio, imprescindible para una navegación razonablemente segura sobre grandes extensiones de mar, y que variaba muchísimo dependiendo de las condiciones de la atmósfera y de si era de día o de noche . Gracias a lo aprendido en estos raids desde finales de los años 20 hasta mediados de los 30, el mismo Lindbergh consideraba a finales de esa década que los océanos habían dejado de suponer un obstáculo para el progreso de la aviación comercial. Ciertamente, cada vez que un poderoso avión de línea moderno cruza en pocas horas el abismo que separa dos continentes, es gracias al valor y a la dedicación de aquellos pioneros. Lo sepan o no, todos y cada uno de los que viajan en él les deben su seguridad a los Lindbergh y a sus coetáneos.

Exposición del “Tingmissartoq” (foto Smithsonian National Air and Space Museum)

Charles Lindbergh murió en agosto de 1974. Anne Morrow lo hizo en febrero de 2001. El Tingmissartoq se conserva en el Smithsonian  National Air and Space Museum de Washington DC -donado por los Lindbergh justo a la vuelta del viaje narrado en el libro-, pero también él es un objeto sin vida, que jamás volverá a elevarse en el aire –a diferencia, por ejemplo, del Eagle 2 de la FIO, que nos recuerda cada primero de mes que en uno casi idéntico logró Juan Ignacio Pombo una gesta, en 1935, que nada tuvo que envidiar a las de los Lindbergh-. Lejos quedan sus antaño famosos vuelos, pero las páginas de este viejo libro me han permitido recuperarlos con una intensidad y viveza imposibles de alcanzar en otras fuentes. Nadie que no haya vivido en su piel una experiencia semejante puede aspirar a contarla como Anne lo hizo.

Como no podía ser menos, “Listen! The Wind” vendió en su día cientos de miles de copias y seguramente sirvió para inspirar a muchas personas, entre ellos, quizá, esa joven que lo recibió de sus padres en la Navidad de 1938. Me pregunto si conseguiría ver realizados sus sueños. Es imposible saber nada a ciencia cierta sin más datos que su nombre de pila, pero en la lista de aviadoras que formaron parte de las WASP –las mujeres que, durante la Segunda Guerra Mundial, pilotaron todos los modelos del inventario militar de los Estados Unidos en misiones de retaguardia- he encontrado cinco que se llamaban Ethel. Puede que fuese una de ellas. Puede que incluso llegase a coincidir en alguna ocasión con Anne Morrow, y se atreviera a abordarla para decirle lo que sus libros habían significado para ella. Quién sabe.

Al dejar “Listen! The Wind” en la estantería me pregunto quién más lo leerá después de mí, y si lo hará con la misma veneración. Es de suponer que Ethel no está ya en este mundo -si aún viviese sería ya centenaria-, y que alguno de sus familiares ha decidido deshacerse de al menos parte de sus enseres. Como ya comentaba antes este libro no llama nada la atención a primera vista, pero por fortuna la librería que se hizo con él lo catalogó correctamente y lo puso a mi disposición para que lo descubriera por Internet, salvándolo de un destino tan infame como la basura o el simple reciclado, y permitiendo que aquel regalo que con tanto cariño le hicieron a Ethel sus padres volviera a ser apreciado como sin duda merece. Que sea este texto mi forma de darle las gracias por haber cuidado de él tanto tiempo, por haber albergado esa misma ilusión que compartimos todos los que amamos la aviación y que, en el caso particular de la FIO, nos impulsa a seguir conservando el aliento de aquellas aeronaves magníficas de los años 20 y 30, y a través de ellas la memoria de quienes las crearon, las repararon y volaron en ellas, como es el caso de Charles y Anne Lindbergh y, quizá, de la propia Ethel.

Texto: Darío Pozo Hernández

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